Hipólito Feliz lleva diez años preso, es cristiano evangélico y ahora habla sin gritar, no porque le falte energía, sino porque ya no tiene que competir con el ruido. Como recordó, en la Penitenciaría Nacional de La Victoria el silencio no existía.
"Eso era una bomba de tiempo", dice. Allí vivía "entre la vida o la muerte", rodeado de violencia, drogas y camas que no siempre estaban garantizadas. El que no tenía una, estaba "tres veces preso": era el último en acostarse, el primero en levantarse, y dormía en el piso mientras otros le pasaban por encima.
Hoy, sentado junto a su esposa en el Centro de Corrección y Rehabilitación Las Parras, durante una visita rutinaria, Hipólito resume el cambio con una frase que repitió cuatro veces: "Esto es del cielo a la tierra".
No todo es perfecto. Está más lejos de su familia y las visitas se han vuelto más duras para quienes vienen desde la ciudad. Pero, aun así, cuando habla del interior del recinto, vuelve a la misma idea: tranquilidad, higiene y orden.
"Aquí nosotros respiramos aire fresco", afirma. Tiene cama, comida, agua y un ambiente donde, por primera vez en mucho tiempo, no siente que su vida corre peligro.



